La mayor parte de los padres se sienten impotentes para exigir a sus hijos el reconocimiento de la importancia que tiene su formación académica para su futuro. Generalmente se tiende a culpar a los jóvenes tanto por su desmotivación o desinterés en la vida académica, como por la frustración y temor que sienten los padres ante la amenaza del incumplimiento a las expectativas que se han generado dentro y fuera del grupo familiar, todo ello, sin atender a los motivos que han originado esta situación y que también hacen parte de la responsabilidad como padres.
Son muchos los factores que invitan a que los muchachos decidan abandonar sus estudios y conocerlos, es parte fundamental en el proceso de cambio que debe darse en la mayoría de los hogares. Tener una perspectiva diferente del problema, una actitud y reacción más asertiva, les permitirá salir de la impotencia que dicha condición implica.
Veamos entonces cuáles son algunos de estos factores:
Cuando la falta de fe, el pesimismo, la sensación anticipada de la derrota, se vivencia como una situación insuperable.
Es propio de las personas a las que, desde muy chicas, se les recalcó su incapacidad para defenderse en el mundo, utilizándose estrategias de motivación negativas en donde siempre se auguran los fracasos. “No sirves para nada”, “jamás terminas lo que empiezas”, “nunca vas a ser alguien en la vida”, son manifestaciones comunes en los hogares donde el castigo físico y emocional prima como estrategia de educación y donde el daño psicológico suele ser mucho más destructivo que el físico. Son personas con una muy baja autoestima que florece como resultado de las creencias que tomaron de adultos, padres o maestros, bien intencionados, pero mal informados, le decían al niño: ¡bruto!, ¡imbécil!, ¡torpe!, ¡sinvergüenza!, ¡perezoso!, ¡irresponsable! De esta manera, el joven, con creencias negativas acerca de sí mismo, tendrá la tendencia a tomar opciones destinadas al fracaso; las cuales, a su vez, lo arrastrarán a experiencias desafortunadas, que, a su turno, lo convencerán aún más, del concepto negativo que tiene de sí mismo. Un círculo vicioso del cual resulta muy difícil escapar. Recuerda… la educación con constantes observaciones despectivas hace de los muchachos personas inseguras, indecisas, miedosas e incapaces para la vida.
Los jóvenes a los que no se les pone límite alguno y cuyos deseos se satisfacen plenamente, desde muy chicos.
Quienes se acostumbran a no experimentar frustración alguna en la vida, desarrollan miedos, fobias, neurosis, conductas antisociales o delincuenciales, debido al egocentrismo que desarrollan y que les hace insoportable una abstinencia voluntaria o forzada, como la que representa la asistencia a un grupo de clase. Son muchachos que, si no se les da permanente admiración y consideración, buscan refugio en mundos en los que se sienten grandes, sin necesidad de aportar sudor ni esfuerzo, tales como la droga, el alcohol o las pandillas. En esta oportunidad se manifiesta el facilismo, la evasión de responsabilidades, la exigencia de obediencia y sometimiento de los demás, situaciones todas que desfavorecen el inicio de cualquier proceso académico. Es importante, como padres, reevaluar nuestras actitudes de complacencia, identificando aquellos sentimientos de culpa, ocultos bajo estas actitudes, para que una vez resueltos, permitan una formación más asertiva y proporcionada para cualquier individuo.
Cuando los padres, llenos de buenas intenciones, imponen profesiones, actividades o expectativas que no encajan con los intereses de sus hijos.
Padres que, anclados aún en antiguos conceptos de prestigio profesional y desconocedores de la gran cantidad de alternativas posibles de esta época, tienden a acorralarlos y condicionarlos: … “tú debes escoger una carrera rentable, que te dé prestigio, con la que te puedas defender” … “yo sólo te daré mi apoyo económico para una carrera que valga la pena” … “podrás hacer lo que te gusta, solo cuando nos hayas entregado el diploma, de lo que escogimos para ti” … “estudiar eso que quieres es botar la plata y morirse de hambre” … “tú no le puedes fallar a la familia”. Estas son algunas de las manifestaciones más comunes que suelen escuchar los chicos de aquellos padres que, inconscientemente, intentan resolver sus propios miedos y frustraciones, imponiendo a sus hijos lo que deben estudiar en la universidad, sin ser conscientes de estar vulnerando gravemente uno de los más sagrados derechos personales, como es el de determinar la dirección de su propio destino. En este caso es necesario facilitar y permitir a nuestros hijos la elección de la actividad que, en sincronía con su personalidad e intereses, les va a permitir sentir motivación y fortaleza para superar los obstáculos propios de la vida, entendiendo que solo la pasión por lo que se hace es lo que garantiza el ejercicio armónico de una función y el éxito en su desempeño.
Cuando los chicos se sienten saturados y extenuados y añoran culminar su bachillerato para liberarse de las cargas que le representa una vida académica.
Propio de hogares donde se sobrevaloran las adquisiciones intelectuales y se tiende a sobresaturar a los muchachos de cursos, libros y actividades, todas ellas relacionadas con intelecto o competencia. Niños que no han llegado del colegio, cuando ya se les tiene preparada la clase de francés, para más tarde hacer refuerzos en inglés y quizás se le inscriba en un curso de técnicas para mejorar el estudio y reforzar las matemáticas, eso sin contar con la maestría en violín o piano o la clase de gimnasia olímpica, todas actividades que terminan significando un importante nivel de estrés para los chicos, por el grado de competencia que se establece entre ellos. El mundo de estos chicos carece de recreación, espontaneidad, libertad y descanso, teniendo que presentar examen 24 horas al día para lucirse frente a los demás o ser el orgullo de la familia. Es entonces cuando por querer hacer más, terminamos haciendo menos: el muchacho extenuado hace las cosas de mala gana, solo por cumplir, aprende gradualmente a odiar el trabajo intelectual. Su actitud hacia padres y maestros, con los años, se hace cada vez más defensiva y negativa, al punto de estallar, cuando se siente con el poder de negarse a continuar con sus estudios.
Cuando alguno o ambos padres se muestran siempre perfectos, suficientes y exitosos.
Se crea de manera tácita una expectativa de ser por lo menos igual a ellos o superarlos, con el consecuente bloqueo. Es muy común que como padres queramos brindarles el mejor ejemplo a nuestros hijos. Lo que no sabemos es que, para dar el mejor ejemplo, no se hace necesario mostrar perfección y logro permanente. Por el contrario, permitir que nuestros hijos conozcan nuestras debilidades, temores, inseguridades, al tiempo que notan nuestra superación y éxito, permite que nuestros hijos experimenten y acepten la naturaleza de estas experiencias o emociones en ellos, con la certeza de experimentar condiciones que pueden ser superadas. Imagina que aun con temor, quieres aprender a conducir y que tu maestro es el corredor más famoso del mundo, aquel que te muestra todas sus habilidades excepcionales, te hace las piruetas más difíciles de realizar y ridiculiza a aquellos que temen realizar acrobacias que, para él, resultan insignificantes. La sensación que puede experimentarse es de insuficiencia, de incremento del temor, de vergüenza, situaciones todas que llevarán a abandonar la intención para no enfrentarse a un fracaso seguro. Es así como se sienten estos chicos, con la consecuente decisión de no enfrentarse o asumir un camino que les asegura la frustración y el fracaso.
Cuando la sobreprotección y el control son el pan de cada día.
Solo padres patológicos podrían desear el fracaso de sus hijos. En la mayoría de los casos, nuestra experiencia, conocimiento, recursividad y habilidad como padres queremos ponerlos al servicio del desarrollo exitoso de nuestros hijos. Lamentablemente desconocemos que, lejos de favorecer su desarrollo o facilitarles el camino, estamos construyendo un paralítico espiritual que jamás tendrá la oportunidad de descubrir que podía hacerse cargo de sí mismo. Recordarles de manera permanente todo aquello que deben hacer, lo que deben llevar, lo que necesitan decir, escoger lo que deben vestir, qué amigos pueden tener, hacer sus trabajos, esconder y tapar sus faltas, vigilar, proteger en exceso y limitar la manifestación natural de su esencia, lleva implícito un mensaje que hace su efecto de manera subconsciente… “tú no puedes vivir sin mí… tú eres incapaz de decidir… todo lo que dices es equivocado… jamás tendrás una buena idea… solo los demás pueden escoger por ti…” Una vez el mensaje ha quedado registrado en el inconsciente, nos enfrentamos a chicos que desconocen plenamente sus cualidades y posibilidades, que se someten a cualquier relación por maltratadora que ella sea con tal de que alguien se haga cargo de ellos, que prefieren no elegir, no decidir, no comprometerse, no asumirse, al punto de llegar a edades maduras en las que aún dependen de sus padres y lo peor de todo, nos quejamos y repudiamos su actitud, dejándolo sin posibilidad alguna de encontrar un lugar en el planeta donde experimente aceptación, seguridad y confianza.
Es natural que cuando hablo de esto, los papis defensivos o culposos se vayan al extremo, pretendiendo que resulta equivocado abandonar la orientación de los hijos, y por supuesto, estoy de acuerdo, no se trata de abandonarlos, se trata de respetarlos, de aceptar sus diferencias de criterio, de gustos, de elecciones, se trata de permitir que conforme van madurando y creciendo asuman decisiones y acciones propias para cada etapa evolutiva. Recuerda… no podemos esperar que nuestro hijo gane la maratón, cuando ni siquiera le permitimos gatear. Aprendemos de la experiencia, del asumir consecuencias, de la equivocación, de la frustración, de la pérdida. Aprendemos cuando enfrentamos los miedos, cuando destapamos nuestra recursividad, cuando obtenemos resultados de nuestras acciones.
EN RESUMEN
Una de las cosas que más estrés le ocasiona al adolescente es el temor a perder el cariño de sus padres, por ello, de ninguna manera es aconsejable amenazar a nuestros hijos con quitarles nuestro amor si no continúan con su estudio. Es posible que, ante una amenaza de desamor paterno, un joven se doblegue temporalmente y quedemos con la clara impresión de que la cosa funcionó pero… cuidado, nos estamos engañando, porque, de una experiencia tal, el muchacho no saldrá fortalecido, sino más inseguro.
Recuerda que jóvenes con una buena autoestima aprenden más fácilmente, superan los obstáculos, se enferman menos, son más seguros de sí mismos, hacen favores con gusto, son respetuosos y sencillos, no son groseros y valoran su formación en pos de su bienestar futuro.
Es necesario entender y asumir que solo una formación plenamente responsable, solícita y decidida, que no se sienta obligada a seguir la moda pedagógica, puede ser la formadora de una persona responsable, capaz de soportar las privaciones y capaz de gozar y disfrutar la vida sin sentimientos de culpa.
Pensemos y actuemos conforme a la idea de que cualquier carrera o actividad ejercida con excelencia puede dar prestigio y dinero y que todas las profesiones han sido creadas, precisamente, porque valen la pena.
Abandonemos la idea de obligar a nuestros hijos a caminar sobre nuestras huellas. Si con la actividad que ha escogido tu hijo no llega a ser muy rico, por lo menos le habrás dado la oportunidad de ser feliz haciendo lo que a él verdaderamente le gusta.
Dedica con frecuencia tiempo a charlar con tus hijos, pero no para preguntarles: ¿cómo les fue?, ¿qué les dijeron?, ¿qué hicieron?, ¿qué comieron?… Charla acerca de lo que sentías cuando tenías su edad, de tus miedos, de tus debilidades, de las cosas graciosas y dolorosas que te pasaron… te sorprenderás como ellos, al verse identificados con tu historia, hablarán sin cesar de su sentir, de sus secretos.
Reconoce a tu hijo cada uno de los valores que observes en ellos. Ello les permitirá reconocer todo su potencial, sus habilidades y recursos necesarios para una vida proactiva.
Recuerda que… el temor a fallar o no dar la talla ha dejado grandes genios en la oscuridad.
